
¿Cuántas veces has sufrido por algo que todavía no ha ocurrido? Nuestra mente tiene una extraordinaria capacidad para anticiparse al futuro. El problema aparece cuando esa capacidad, que debería ayudarnos a prepararnos, se convierte en una fuente constante de preocupación.
Preocuparse puede darnos una falsa sensación de control. Pensamos una y otra vez en lo que podría suceder, imaginamos diferentes escenarios e intentamos encontrar respuestas para problemas que quizá nunca lleguen. Sin embargo, darle vueltas continuamente a una situación no significa estar más preparados para afrontarla.
Hay una diferencia importante entre ocuparse y preocuparse. Ocuparse significa reconocer aquello que depende de nosotros y actuar. Preocuparse en exceso supone permanecer atrapados mentalmente en aquello que todavía no podemos resolver.
Cuando vivimos pendientes del «¿y si…?», dejamos de prestar atención al «ahora». Y ahí está una de las grandes paradojas de la preocupación: intentando proteger nuestro futuro, podemos terminar perdiéndonos el único momento sobre el que realmente podemos actuar, el presente.
Esto no significa ignorar los problemas ni pensar que todo irá bien simplemente porque lo deseemos. Significa aprender a preguntarnos: «¿Puedo hacer algo con esto ahora?». Si la respuesta es sí, demos un pequeño paso. Si la respuesta es no, tendremos que practicar algo mucho más difícil: aceptar la incertidumbre y devolver nuestra atención al PRESENTE.
Quizá no podamos controlar todo lo que sucederá mañana, pero sí podemos decidir cómo queremos vivir hoy. Y, muchas veces, recuperar esa capacidad es también recuperar un poco de nuestra paz.
No permitas que un futuro que todavía no existe te robe un presente que sí está sucediendo.
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