
Utilizamos la frase «no puedo» cuando algo nos parece demasiado difícil, cuando tenemos miedo a equivocarnos, cuando hemos fracasado anteriormente o cuando simplemente no sabemos por dónde empezar. Sin darnos cuenta, esas dos palabras pueden cerrar posibilidades antes incluso de haberlas explorado.
Pero ¿qué ocurriría si sustituyéramos el «no puedo» por una pregunta mucho más poderosa: «¿cómo puedo hacerlo?»?
El cambio parece pequeño, pero psicológicamente plantea una situación diferente. «No puedo» funciona como una conclusión. Da por terminado el análisis y dirige nuestra atención hacia las razones por las que algo resulta imposible. En cambio, «¿cómo puedo hacerlo?» nos invita a explorar alternativas, buscar información, dividir el problema, pedir ayuda o probar un camino diferente.
Esto no significa que nuestro cerebro literalmente «se detenga» cuando decimos «no puedo», como sugiere de manera metafórica la imagen. Tampoco significa que pensar positivamente haga desaparecer cualquier dificultad. Hay cosas que realmente no podemos hacer, circunstancias que no dependen de nosotros y objetivos que quizá necesiten ser modificados. El crecimiento personal también implica reconocer nuestros límites y aceptar la realidad.
La diferencia está en no confundir una dificultad con una imposibilidad.
Muchas veces decimos «no puedo» cuando en realidad queremos decir «no sé cómo hacerlo», «me da miedo intentarlo», «todavía no estoy preparado», «necesito ayuda» o «lo intenté una vez y no salió bien». Y cada una de esas frases abre posibilidades completamente diferentes.
Si no sabes cómo hacerlo, puedes aprender. Si tienes miedo, puedes avanzar poco a poco. Si todavía no estás preparado, puedes prepararte. Si necesitas ayuda, puedes pedirla. Y si una estrategia no funcionó, puedes probar otra.
También existe una palabra especialmente útil en nuestro diálogo interno: «todavía».
«No sé hacerlo» se transforma en «todavía no sé hacerlo». «No soy capaz» puede convertirse en «todavía no he encontrado la manera». Esa pequeña palabra introduce una posibilidad de evolución. Nos recuerda que nuestra situación actual no tiene por qué ser nuestra situación definitiva.
Y esto resulta especialmente importante cuando cometemos errores. Si interpretamos cada fracaso como una demostración de incapacidad, nuestra motivación puede disminuir. Pero si somos capaces de preguntarnos «¿qué puedo aprender de esto?» o «¿qué podría hacer diferente la próxima vez?», el error deja de ser únicamente una derrota y empieza a proporcionarnos información.
Por eso, quizá no necesitemos decirnos constantemente «puedo con todo». Esa frase también puede resultar poco realista. Es mucho más saludable aprender a decirnos: «No sé si podré conseguirlo, pero puedo descubrir qué necesito para intentarlo».
Cuando nos encontramos ante un objetivo grande, además, solemos cometer otro error: mirar únicamente la distancia que nos separa de la meta. Entonces aparece la sensación de incapacidad. En esos momentos puede ser mucho más útil reducir la pregunta: «¿Cuál es el siguiente paso que sí puedo dar?».
Tal vez no puedas resolver hoy todo el problema, pero puedes realizar una llamada. Quizá no puedas dominar una nueva habilidad inmediatamente, pero puedes dedicar veinte minutos a aprenderla. Puede que todavía no tengas confianza suficiente para afrontar una determinada situación, pero puedes comenzar preparándote para ella.
Nuestro diálogo interno importa porque las palabras con las que interpretamos nuestras experiencias pueden influir en nuestra actitud ante ellas. Si continuamente nos hablamos desde la incapacidad, el miedo o la descalificación, será más difícil encontrar motivación para avanzar. Si aprendemos a hablarnos desde la curiosidad, la paciencia y la posibilidad, aumentamos nuestras opciones de buscar soluciones.
Por eso, la próxima vez que escuches dentro de ti un «no puedo», no necesitas combatirlo ni sustituirlo automáticamente por un optimismo artificial. Simplemente puedes detenerte un instante y preguntarte:
«¿Realmente no puedo o todavía no sé cómo hacerlo?»
Y después añadir otra pregunta:
«¿Qué pequeño paso sí puedo dar ahora?»
Porque entre pensar «no puedo» y preguntarnos «¿cómo podría hacerlo?» puede existir algo mucho más importante que un simple cambio de palabras: la decisión de concedernos la oportunidad de intentarlo.
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