
Hay momentos en los que parece que nunca es suficiente. Alcanzamos una meta y enseguida pensamos en la siguiente. Superamos una dificultad y, casi sin darnos cuenta, nuestra atención vuelve a aquello que todavía no hemos conseguido. Miramos hacia delante constantemente, pero pocas veces nos giramos para observar el camino recorrido.
Y quizá ahí esté uno de los grandes errores que cometemos cuando buscamos crecer: medimos nuestra vida por la distancia que nos separa de nuestros sueños, en lugar de valorar también la distancia que nos separa de la persona que éramos cuando comenzamos.
A veces el ritmo puede parecer lento, incluso demasiado lento para el ritmo que nos exige la sociedad, pero continuamos avanzando. Y eso es lo verdaderamente importante.
Vivimos rodeados de mensajes que nos invitan a conseguir resultados rápidamente: mejorar, crecer, cambiar, triunfar, producir más… Parece que avanzar despacio fuera sinónimo de fracasar. Sin embargo, el crecimiento personal rara vez funciona así.
Hay aprendizajes que necesitan tiempo. Hay heridas que requieren paciencia. Hay hábitos que se construyen poco a poco y decisiones aparentemente pequeñas que, repetidas durante meses o años, terminan transformando nuestra vida.
Quizá todavía no hayas conseguido aquello que deseas, pero piensa por un momento en todo lo que has aprendido mientras lo intentabas. En las situaciones que antes te desbordaban y que ahora sabes gestionar mejor. En las personas de las que aprendiste a alejarte. En las veces que dijiste «no» cuando antes habrías cedido. En las decisiones difíciles que fuiste capaz de tomar. Eso también es avanzar.
Cuando únicamente observamos lo que nos falta, aparece fácilmente la frustración. Siempre habrá alguien que parezca estar más lejos, tener más éxito o haber conseguido antes aquello que nosotros buscamos. Pero esa comparación suele ser injusta porque desconocemos gran parte de la historia de los demás.
Existe una comparación mucho más interesante: compararte con quien eras hace un año, cinco años o diez años.
Pregúntate: ¿qué situaciones he superado?, ¿qué he aprendido?, ¿qué hago hoy que antes me parecía imposible?, ¿qué límites he aprendido a establecer?, ¿cómo ha cambiado mi manera de relacionarme conmigo mismo y con los demás? Tal vez descubras que has recorrido mucho más de lo que pensabas.
A veces creemos que felicitarnos por lo conseguido puede hacernos perder ambición. Pero reconocer nuestros avances no significa abandonar nuestros sueños. Significa obtener energía para continuar.
Puedes sentirte orgulloso de lo recorrido y seguir queriendo crecer. Puedes agradecer quién eres hoy y continuar trabajando por quien deseas ser mañana. Ambas cosas pueden convivir.
Por eso, cuando aparezca esa sensación de «todavía me falta mucho», prueba a cambiar la pregunta. En lugar de pensar únicamente «¿cuánto me falta?», pregúntate también:
«¿Cuánto he recorrido para llegar hasta aquí?»
Quizá descubras que esa persona que comenzó el camino estaría profundamente orgullosa de verte hoy.
Sigue avanzando. Aunque sea despacio. Aunque algunos días apenas puedas dar un pequeño paso.
Porque avanzar lentamente sigue siendo avanzar.
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