
Todos necesitamos sentirnos seguros. Es una necesidad profundamente humana. Cuando hemos vivido una experiencia dolorosa, una decepción, un fracaso o simplemente sentimos miedo ante lo desconocido, nuestra mente intenta protegernos. Nos susurra que quizá sea mejor no arriesgar, no confiar demasiado, no exponernos o permanecer donde todo resulta conocido. Y esa protección puede ser necesaria durante un tiempo.
El problema aparece cuando lo que comenzó siendo un refugio termina convirtiéndose en una prisión.
Podemos evitar una relación para que nadie vuelva a hacernos daño. Podemos rechazar una oportunidad profesional porque existe la posibilidad de fracasar. Podemos dejar de expresar lo que sentimos para evitar el rechazo. Incluso podemos convencernos de que estamos bien viviendo dentro de nuestra zona conocida porque allí, aparentemente, nada puede alcanzarnos.
Pero existe una paradoja: cuando intentamos eliminar cualquier posibilidad de sufrir, también podemos reducir nuestra capacidad de disfrutar, descubrir y emocionarnos. Vivir implica cierta vulnerabilidad.
Querer a alguien supone aceptar que podemos sentir dolor. Confiar implica asumir que podrían decepcionarnos. Perseguir un sueño significa convivir con la posibilidad de no conseguirlo. Cambiar de rumbo exige renunciar a algunas certezas.
Eso no significa que debamos lanzarnos sin pensar a cualquier situación ni permanecer donde nos hacen daño. Cuidarnos, establecer límites y alejarnos de determinadas circunstancias también forma parte de una buena salud emocional.
La diferencia está en preguntarnos desde dónde estamos tomando nuestras decisiones: desde el autocuidado o desde el miedo.
El autocuidado nos protege sin encerrarnos. El miedo, cuando dirige nuestra vida, puede hacernos construir muros cada vez más altos. Y cuanto más altos son esos muros, menos posibilidades existen de que algo nos haga daño… pero también resulta más difícil que algo nuevo consiga emocionarnos.
Por eso quizá el objetivo no debería ser construir una vida en la que nada pueda herirnos, sino desarrollar los recursos necesarios para saber que, si algo ocurre, podremos afrontarlo. Ahí aparece una seguridad mucho más profunda.
No la seguridad de pensar «nada malo me ocurrirá», sino la confianza de poder decirnos: «No sé qué ocurrirá, pero confío en mi capacidad para afrontarlo». Esa diferencia puede transformar nuestra manera de relacionarnos con la incertidumbre.
Tal vez no necesitemos derribar todos nuestros muros de golpe. A veces basta con abrir una pequeña ventana. Dar una oportunidad. Mantener una conversación pendiente. Expresar lo que sentimos. Intentar aquello que llevamos tiempo posponiendo. Permitirnos conocer a alguien sin decidir de antemano cómo terminará la historia. Pequeños actos de valentía que nos recuerdan que vivir no consiste únicamente en estar a salvo.
Porque una vida completamente protegida del dolor también podría convertirse en una vida protegida de la sorpresa, la ilusión, el amor, el aprendizaje y la emoción.
La pregunta, por tanto, no es únicamente «¿qué puedo hacer para que no me hagan daño?».
Quizá también deberíamos preguntarnos: «¿A qué estoy renunciando por intentar sentirme siempre seguro?»
La respuesta puede ayudarnos a descubrir algunos de los muros que hemos construido sin darnos cuenta.
Protegernos es necesario. Pero también lo es recordar que no hemos venido únicamente a evitar heridas; hemos venido a vivir.
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