
Hay momentos en los que una emoción parece ocuparlo todo. La rabia nos empuja a responder inmediatamente, el miedo nos invita a escapar, la tristeza nos hace pensar que nada cambiará y la euforia puede llevarnos a asumir riesgos que, en circunstancias normales, valoraríamos de otra manera.
En esos momentos conviene recordar una idea sencilla: las emociones son como las olas. Llegan, aumentan de intensidad y, finalmente, disminuyen.
El problema no está en sentir. Sentir forma parte de nuestra experiencia y cada emoción puede aportarnos información valiosa. El miedo puede advertirnos de un peligro, la tristeza puede señalar una pérdida importante y la rabia puede indicarnos que sentimos que nuestros límites han sido vulnerados. La cuestión es qué hacemos con esa información.
Cuando estamos en la parte más alta de la ola emocional, nuestra capacidad para observar una situación con perspectiva puede verse reducida. Aparece entonces la tentación de contestar ese mensaje, enviar ese correo, abandonar una conversación, romper una relación, enfrentarnos a alguien o tomar una decisión importante simplemente para aliviar lo que estamos sintiendo.
Y precisamente ahí puede resultar muy útil introducir una pequeña distancia entre emoción y acción.
No significa reprimir lo que sentimos ni obligarnos a estar tranquilos. Podemos reconocerlo: «Estoy muy enfadado», «Tengo miedo», «Esto me ha dolido». Poner nombre a lo que ocurre ya nos ayuda a relacionarnos de otra manera con la experiencia. Después podemos respirar, caminar, hablar con alguien, escribir lo que pensamos o simplemente permitir que pase un poco de tiempo.
Quizá la situación exterior no haya cambiado después de unas horas, pero nosotros sí podemos haber cambiado nuestra manera de verla.
Por eso, ante una emoción especialmente intensa, podemos hacernos tres preguntas: ¿qué estoy sintiendo?, ¿qué necesito en este momento? y ¿seguiré queriendo tomar esta misma decisión cuando disminuya la intensidad de esta emoción?
No todas las decisiones pueden esperar y hay situaciones que requieren actuar inmediatamente, especialmente cuando está en juego nuestra seguridad. Pero muchas de las decisiones cotidianas sí admiten una pausa.
La madurez emocional no consiste en dejar de tener olas. Consiste en aprender a navegarlas sin permitir que cada una de ellas decida nuestro rumbo.
A veces, una de las decisiones más inteligentes que podemos tomar es, precisamente, esperar antes de decidir.
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