
Con frecuencia invertimos demasiada energía intentando conseguir que todo lo que nos rodea sea como esperamos. Queremos evitar los problemas, anticiparnos a cualquier dificultad, lograr que determinadas personas cambien, impedir que alguien nos decepcione o conseguir que nuestros planes salgan exactamente como habíamos imaginado. En cierto modo, intentamos retirar todas las piedras antes de comenzar a caminar.
Sin embargo, por mucho que nos esforcemos, siempre aparecerá alguna. La vida está llena de circunstancias que no podemos controlar: decisiones de otras personas, cambios inesperados, pérdidas, errores, conflictos, decepciones o situaciones que simplemente no dependen de nosotros. Y cuando nuestra tranquilidad depende de que todo eso desaparezca, podemos terminar viviendo en una lucha constante contra la realidad.
Proteger nuestros «pies» significa precisamente eso: desarrollar recursos personales que nos permitan afrontar las dificultades sin que cada una de ellas consiga detenernos. Significa fortalecer nuestra autoestima para que la opinión de los demás no determine nuestro valor, aprender a gestionar nuestras emociones para no reaccionar impulsivamente ante todo lo que ocurre, establecer límites cuando una situación nos hace daño y desarrollar la flexibilidad necesaria para aceptar que no siempre podremos controlar el resultado.
Esto no significa resignarse ni conformarse. Tampoco significa soportarlo todo. Hay situaciones que podemos y debemos cambiar, relaciones de las que quizá necesitemos alejarnos y problemas ante los que merece la pena actuar. La clave está en aprender a distinguir entre aquello sobre lo que tenemos capacidad de acción y aquello que escapa de nuestro control.
Una pregunta sencilla puede ayudarnos mucho: «¿Esto depende realmente de mí?»
Si depende de nosotros, podemos actuar. Si no depende de nosotros, quizá tengamos que trabajar en nuestra manera de relacionarnos con ello. Porque no podemos controlar lo que alguien piensa de nosotros, pero sí podemos decidir cuánto valor concedemos a esa opinión. No podemos evitar todas las decepciones, pero podemos aprender a poner límites. No podemos impedir que nuestros planes cambien, pero podemos desarrollar nuestra capacidad de adaptación. No podemos asegurarnos de no caer nunca, pero sí aprender a levantarnos.
Tal vez una de las mayores fuentes de agotamiento emocional sea precisamente intentar controlar aquello que nunca estuvo en nuestras manos. Queremos cambiar comportamientos ajenos, encontrar explicaciones para todo, evitar cualquier incertidumbre y anticiparnos constantemente a lo que podría salir mal. Y mientras tratamos de controlar el mundo exterior, olvidamos algo fundamental: existe un espacio mucho más cercano sobre el que sí podemos trabajar, nuestro mundo interior.
Podemos aprender a hablarnos mejor. Podemos cuestionar algunos pensamientos que nos hacen daño. Podemos elegir dónde ponemos nuestra atención. Podemos aprender a decir «no» sin sentir que estamos decepcionando a todo el mundo. Podemos pedir ayuda. Podemos alejarnos de determinadas situaciones. Podemos aceptar nuestros errores y volver a intentarlo. Podemos construir, poco a poco, esos «zapatos emocionales» que nos permitan caminar por terrenos que antes nos parecían imposibles.
Quizá, entonces, no necesitemos una vida más fácil. Quizá necesitemos sentirnos más preparados para la vida que tenemos.
Porque crecer personalmente no consiste en llegar a un punto en el que desaparezcan los problemas. Consiste en descubrir que tenemos más recursos para afrontarlos. Lo que hace unos años nos paralizaba quizá hoy solo nos incomoda. Aquello que antes vivíamos como una catástrofe puede convertirse con el tiempo en una dificultad que sabemos gestionar. Y esa transformación, aunque muchas veces pase desapercibida, también es crecimiento.
Por eso, cuando encuentres una nueva piedra en tu camino, antes de gastar toda tu energía intentando hacerla desaparecer, quizá puedas preguntarte: «¿Qué puedo aprender, cambiar o fortalecer en mí para atravesar mejor esta situación?»
No podemos retirar todas las piedras del mundo antes de empezar a caminar. Pero podemos aprender a proteger nuestros pies, elegir mejor nuestros pasos y continuar incluso cuando el terreno no sea perfecto.
Y quizás ahí se encuentre una de las formas más bonitas de entender el crecimiento personal: no conseguir que la vida deje de ser difícil, sino conseguir que nosotros tengamos cada vez más herramientas para vivirla. 👣🌱
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