
A veces contemplamos nuestras metas como quien mira una montaña desde abajo. Vemos la cima, imaginamos todo lo que tendremos que recorrer para alcanzarla y, casi sin darnos cuenta, comenzamos a pensar en las dificultades: «¿Y si no puedo?», «¿y si fracaso?», «¿y si me equivoco?».
Y entonces ocurre algo curioso: todavía no hemos dado un solo paso y nuestra mente ya ha recorrido todos los posibles caminos hacia el fracaso.
El problema es que muchas veces esperamos sentirnos preparados para comenzar. Queremos tener seguridad, confianza, motivación y garantías de que todo saldrá bien. Sin embargo, en la vida pocas veces funciona así. La confianza no siempre aparece antes de actuar; muchas veces se construye precisamente después de empezar a actuar.
Cada pequeño avance nos proporciona una experiencia nueva: «He podido hacerlo». Y esa experiencia alimenta nuestra percepción de capacidad para afrontar el siguiente desafío.
Uno de los errores más frecuentes consiste en pensar que necesitamos dejar de sentir miedo antes de actuar. No necesariamente.
Sentir miedo ante algo importante es humano. Puede aparecer cuando cambiamos de trabajo, iniciamos un proyecto, asumimos una responsabilidad, mantenemos una conversación difícil o simplemente decidimos modificar algo de nosotros mismos.
La cuestión no es vivir sin miedo, sino aprender a preguntarnos: «¿Qué puedo hacer a pesar de sentir este miedo?»
Porque valentía no significa ausencia de temor. Significa avanzar sin permitir que ese temor decida permanentemente por nosotros.
Cuando una meta parece enorme, contemplarla en su totalidad puede generar bloqueo. En esos momentos resulta mucho más útil reducir nuestra atención al siguiente movimiento posible.
Quizá hoy no puedas alcanzar la cima. Pero probablemente sí puedas enviar ese correo, realizar esa llamada, dedicar treinta minutos a comenzar un proyecto, pedir ayuda, mantener esa conversación pendiente o tomar una pequeña decisión que llevas semanas aplazando.
Los grandes cambios suelen estar construidos sobre acciones mucho más pequeñas de lo que imaginamos.
Un paso parece insignificante cuando lo comparamos con la cima. Sin embargo, sin ese paso la cima permanece exactamente a la misma distancia. Y después llegará otro. Y otro.
Hasta que un día miraremos hacia atrás y descubriremos que aquello que parecía imposible comenzó con una decisión aparentemente pequeña: atrevernos a empezar.
Por eso, cuando una meta te intimide, quizá no necesites preguntarte cómo vas a conseguirlo todo. Prueba con una pregunta mucho más sencilla:
¿Cuál es el siguiente paso que sí puedo dar hoy?
Puede que todavía tengas miedo. Puede que dudes. Puede incluso que tropieces. Pero ya estarás avanzando.
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